ESPAÑOL

VERDADES DE LA GUERRA… EN TIEMPOS DE SALIDA
María Clemencia Castro V.

Muchos hombres y mujeres excombatientes de distintas organizaciones armadas han sido invitados a pintar experiencias significativas de sus vidas, por iniciativa de la Fundación Puntos de Encuentro, dirigida por Juan Manuel Echavarría. Como fruto de esta propuesta aparece un solo tema susceptible de pintarse de mil modos: la muerte. Es ésta la esencia de la guerra que persiste al salir de la confrontación bélica; de allí su protagonismo cuando se les ofrece un pincel a excombatientes de una contienda fratricida y se les anima a exponer sus vivencias.

En la situación extrema que implica la guerra, la muerte aparece de diversos modos: cuando cada combatiente se enfrenta al riesgo inminente de su propia muerte; cuando incluye en su cuenta la de otros, amigos o enemigos, entre tantos otros muertos que pueden pasar inadvertidos; cuando despliega su condescendencia con ésta, o cuando se convierte en su autor. Esa invitada principal de la guerra es convocada por estos excombatientes convertidos hoy en pintores: ante su muerte… su muerto… su acto de dar muerte…

Así, la guerra inevitablemente extiende sus fauces, aun después de haberla abandonado, y acecha a cada combatiente en la evocación, en el recuerdo, en lo imposible del olvido. Como toda experiencia radical, deja una huella imborrable y condena al sujeto a una marca que no es factible deshacer.

El cuadro y la escena

Las obras de estos artistas acuden de modo especial al color y a la figura, en un ejercicio que los llevó, poco a poco, a ganar en destreza y soltura. En un tratamiento diverso de estilos y matices, el color caracteriza lugares, escenas y actuaciones: verde con verde es el paisaje; verde con verde es el camuflado; verde sobre verde es el camuflado sobre el paisaje. Se trata del hombre mimetizado en el panorama, o más gravemente, del actor de la guerra resguardado en su paisaje. Extenso verde, que es también el signo de los pacifistas, aquí aparece como encuadre de una tragedia y, a la vez, como su testigo.

El rojo, gran manchón o escaso punto, a veces casi invisible, es la sangre, el destrozo y la muerte; rojo es también el marco de la escena como atardecer u horizonte, que paradójicamente lo define en su brillo como ocaso. Los cielos rojos son el reflejo de la sangre; son el entorno de las escenas cotidianas de la guerra: rojos los pastos, los caminos y los ríos teñidos con los muertos. Expresando el siniestro esplendor trágico, verde y rojo son los colores de una patria que se pinta en su exuberancia y en su drama.

Los cuerpos muestran los orificios, roturas o estallidos, como algo propio de su transfiguración en la guerra. La figura es, algunas veces, delineada con rigurosidad y con esmerada finura, de modo que no deja detalle desatento. En otras ocasiones está gruesamente presentada, con rápidos trazos y modos infantiles; una composición chocante en su contraste con la dureza de la escena, por cuanto se combinan en un solo artista lo ingenuo de su trazo y lo áspero del tema de su vivencia.

El despliegue de formas y colores ha sido una oportunidad para plasmar las arrogancias y el poderío bélico, entremezclados con tantos horrores y sufrimientos: maternidades truncadas, orfandades forzadas, inocencias perdidas y venganzas exacerbadas. Más aún, ha permitido situar las experiencias íntimas, antes silenciadas. Los ayer actores, hoy espectadores de su propia obra, tienen ante sí la ocasión privilegiada de subjetivar sus experiencias cruciales, de recomponerlas con la perspectiva que les introduce el haber salido de esa escena, y, a la vez, de llevar la marca inevitable de sus estragos.

No es la escena primera, como creación del destrozo. Es un segundo tiempo del encuentro con la muerte, por parte de aquellos que han tomado alguna distancia y hoy están presentes como autores de una re-creación. Ahora son denunciantes de un acontecimiento insoportable, testigos de una escena que los involucra y que hoy puede, inclusive, desconcertarlos.

La guerra y los trazos de lo humano

En los tiempos de la guerra, los trazos de humanidad se exhiben en su siniestro e insaciable rostro, acudiendo a las justificaciones para provocar el destrozo y a la indiferencia plena que destituye al semejante de su lugar de prójimo. El drama de lo humano es también no advertir el daño, no discernir la gravedad de toda muerte, o plantearla sólo como parte del paisaje. Quien allí haya quedado anclado en su trauma, difícilmente podrá traer en una nueva obra algo distinto a una mera repetición de la escena.

Cada uno se toma su tiempo para testimoniar la muerte y exponerla en su cruel imponencia, en la humanidad maltrecha que se expresa en los tiempos de omnipotencia y miseria, como una íntima verdad del sujeto y su tragedia. Para algunos será más viable presentar sobre la tabla una actuación que compromete a otros, acallando, por ahora, la parte que le concierne.

Unos artistas exhiben en su composición pictórica el acto mortífero, los trozos humanos y la muerte hecha cotidiana. Para otros es difícil situar lo esencial de su experiencia en los tiempos de la guerra, las escenas directas de la destrucción, los cuerpos fracturados en pedazos, a pesar de ser los temas que los mueven en su trabajo. De allí, en ocasiones, el recurso a la producción de grandes obras, que apenas de modo esquivo dejan traslucir la muerte, a la magnificencia de cuadros pulcramente decorados, donde sólo se asoma la tragedia en el mínimo detalle. Tal es el caso de unas botas que afloran de la tierra en el lugar de entierro de algún asesinado, de tantas fosas mimetizadas en el paisaje cual diminutos ramilletes de flores en puntos rojos y blancos, o de pequeños cuadrados vacíos como representación de los muertos.

Para estos artistas, el retorno a la vivencia de la guerra parece acompañarse de nuevos posicionamientos subjetivos. Está la insistencia en situarse incluido en la escena componiéndola con su presencia, donde más que espectador, se expo- ne como testigo y aun como artífice. ¿Qué trasegar habrá en aquel que en su dibujo se sitúa observando? ¿Qué le depara, además, a quien se advierte en la escena mirando?

Otra expresión de humanidad es la conmiseración por el semejante, la condolencia que en una emergencia fugaz puede detener a un combatiente en el instante del destrozo. Éstos son episodios quizás inaugurales de una ruptura con la lógica bélica, que puede ser perenne y, por lo mismo, dejar fuera de la guerra sin posible regreso.

Una particular ilustración de ese momento crucial es la mano de una víctima que toma al autor de su muerte, el grito sordo de dolor, la voz solícita de conmiseración desatendida… Tanto tiempo después, vuelve el sujeto con el pincel a una escena para advertir, así sea tardíamente, a ese prójimo que tuvo enfrente. Ahora, la subjetivación de su acto lo interroga; es la otra escena en la que, por primera vez, un atisbo de compasión lo deja perplejo. Un movimiento subjetivo, imperceptible para otros, puede traer una profunda garantía de no retorno.

Otra muestra de ese instante desgarrador es el rostro constreñido, el cuerpo recogido, de quien fuera un erguido combatiente, la expresión de un sujeto compungido, la espalda dada por primera vez a lo insoportable. El impacto de la escena que lo pone en un primer plano sufriente es una renovada manifestación de su humanidad que ha de ponerle límite a su apuesta bélica.

En otro caso, la fuerza de una pintura involucra al espectador con el recurso a un ojo que lo mira. Aquél que observa la obra, creyendo estar fuera de tan dura escena, es mirado de frente. Pero, a quien el cuadro lo mira, inevitablemente deviene testigo. Aun más, mirar y encontrarse siendo mirado es un asunto que lo deja atrapado en el cuadro ¿Cuál es entonces la escena? Este recurso del artista parece indicar que ante la fuerza de la guerra no es posible quedar plenamente fuera, así se diga no estar involucrado con ella.

Cuadro sobre cuadro; mirada sobre mirada; muerto sobre muerto… como aquél que al salir de la guerra queda más muerto que vivo. Cuando hay acto y condescendencia, más allá o más acá de la escena, ¿cuál es el cuadro?

La obra de las obras

La fuerza de este trabajo radica en el coraje de quien arriesga una apuesta por la verdad que urge a sus actores más directos a dar un testimonio pictórico como tratamiento de memoria. Esto se hace aún más complejo en un país en el cual se apremia a la guerra y, a la vez, se convoca a que sea el tiempo de las víctimas. Mientras algunos prefieren radicalizar las causas, privilegiar el reclamo, llamar al cobro de las cuentas o silenciar la historia, LA GUERRA QUE NO HEMOS VISTO expone la determinación de aportar un ejercicio de memoria para dar trámite, con el arte, a lo que aún no logra acceder a la palabra.

Juan Manuel Echavarría, quien a tantos pinceles ha convocado, es artífice de las obras de aquellos que se exponen incluidos en la escena, quienes ayer fueron combatientes y creadores de su acto… y hoy se arriesgan presentando cada uno su escena. Frente a la tragedia de la guerra que se revela, quien la pinta descubre la tragedia de su propia humanidad.

Así, Echavarría es creador de artistas. Más aún, en su generosidad abierta y en su prudencia, ha sido capaz de suscitar la experiencia subjetiva de estos excombatientes. Procurando mantenerse silente, logró la expresión de sus aventuras y desventuras, y quedó perplejo ante tanta demostración de intimidad.

Entre ingenuo y arriesgado fue Echavarría al atreverse a darles un pincel a muchos excombatientes cuando pervive el conflicto y la confrontación radical; por ofrecer su labor a tantos espectadores, quienes componen la obra en un plural de miradas. Se expone a enfrentarse a quienes introducen valoraciones extremas o desmentidas de su inclusión en el torbellino de una guerra que irremediablemente implica a todos. Gran arrojo tiene cuando intuye que su labor es un aporte al ejercicio de memoria, en un país que por momentos prefiere no tenerla o que podría tomarse décadas para empezar a recomponer su historia, como ha sucedido en otras naciones. Más claramente, se le encuentra convencido de la humanidad en sus expresiones vitales y opacas, denunciante de la guerra, ciudadano de la paz.

Hacia adelante

Hombres y mujeres invitados a tomar un pincel se ven avocados a reiterar un tema que los ha capturado en las entrañas de la guerra. ¿Cuántas obras requerirán estos artistas de hoy para lograr el tránsito a nuevas composiciones que le brinden a cada uno la posibilidad de reinaugurar su vida?

Por esta vía, cada uno de ellos quizá podrá hallar un nuevo momento subjetivo para el desciframiento de la escena que lo ha involucrado como actor en el escenario de la muerte, y dar el paso a un nuevo posicionamiento en su existencia que le permita quedar irremediablemente fuera de las lógicas de la guerra. Sin entender esta dinámica, ¿cuántos detractores podrían pretender más bien quitarles a estos artistas sus pinceles?

La verdad de la guerra es la verdad de su actor… su goce… su tragedia… Es también la verdad de un conjunto social silente, y hasta benevolente, que toma distancia de tanto daño, intentando responsabilizar a otros o justificando la tragedia. Lo insoportable de la guerra es aquello de lo cual no se quiere saber y, precisamente, en ese des-conocimiento se descifra la implicación subjetiva.

La historia de Colombia es una tragedia de la cual hoy se hace una experiencia de memoria. En esa perspectiva, un sinfín de posibilidades se abren por la vía del arte. Pero es apenas el inicio de un largo camino por recorrer. Estamos ante una presentación muda, en la cual los autores quedan convocados a su anonimato y al de su obra. Aún no hay oportunidad para la palabra, acallada por profundas desconfianzas, temores, amenazas o por el riesgo de los juicios y las sanciones.

Una nueva posibilidad vendrá para ellos cuando les sea posible poner palabra a su creación, enunciar su nombre y componer la escena con su propia voz, pues en esas narrativas, de modo entreverado, asomará el sujeto en su decir. Será ésa, además, una ocasión para esclarecer abrumadoras y dolorosas verdades, que pondrán de presente lo insoportable de la palabra y, a la vez, su función pacificante. Por eso mismo, será imprescindible ofrecer sin mezquindad muchos pinceles y múltiples oportunidades de palabra para recomponer una historia de profundos escollos en el vínculo humano, y re-crear nuevas posibilidades del lazo social que permitan afianzar la vida.