ESPAÑOL

LAS MEMORIAS DE LA GUERRA
Alejandro Reyes Posada

La idea de invitar a guerrilleros, a paramilitares y a soldados desmovilizados a pintar sus memorias de la guerra es profundamente sanadora tanto para ellos como para la sociedad que los formó como guerreros y criminales. Los cuadros revelan las historias que se esconden en el alma de quienes combatieron y padecieron la guerra civil, y en ellos se retrata también el alma de la sociedad colombiana mientras presencia el desarraigo de su campesinado. Los guerreros de cualquier grupo son los delegados de un odio colectivo que los envalentona y les ordena el exterminio de los débiles, de los que alzan su voz para reclamar un derecho o de los que sólo quieren vivir sus vidas sin someterse a la tiranía del más fuerte.

Dejar las armas y regresar a la vida social es abandonar una vida regida por órdenes y enfrentar otra, como sujeto responsable de sus actos pasados y presentes; porque las órdenes dejan intacta la conciencia de quien se sabe instrumento de la voluntad ajena, y le permiten a éste cometer atrocidades sin que lo agobie la culpa, porque no la siente suya. Actuar en grupo y bajo órdenes inmediatas causa un vértigo equivalente a una esquizofrenia transitoria. La fuerza de la orden de ataque, que lleva implícita una amenaza de muerte para quien la recibe y que se suspende sólo cuando se ejecuta, separa al autor de las consecuencias de sus actos violentos. La responsabilidad se transfiere a quien dio la orden, y libera al verdugo de ella. El ejecutor es instrumento de otros. La orden reemplaza la voluntad y los deseos de quien obedece.

Los comandantes de los grupos armados irregulares prefieren reclutar a quienes hayan sido víctimas del adversario, para volcar el odio contra el enemigo y canalizar los deseos de venganza de quienes han perdido a un ser querido, y convertir así esos deseos en motivación reforzada para la acción violenta. A la larga, muchos victimarios son víctimas que lograron cambiar sus papeles al colocarse tras el gatillo de las armas y no frente al cañón.

Cuando las organizaciones y los mandos desaparecen, para los desmovilizados reaparece el horror del pasado en imágenes que reclaman sentido. Las víctimas se encargan de recordarles el sufrimiento que causaron, y se instaura un juicio tanto individual como colectivo, para entender y saldar cuentas con lo imperdonable. Como individuo, quien cometió delitos atroces se enfrenta a una dolorosa reconciliación consigo mismo, a un examen de conciencia necesario para recrearse como persona capaz de convivir en sociedad.

Los muertos sobreviven como dolor para quienes los amaron, y se instalan como espantos en la conciencia de quienes los mataron. Uno de los sicarios de militares en San José del Guaviare contó que cada noche veía tantos muertos, que éstos no le cabían en la cabeza ni le dejaban aire para respirar; hasta que decidió confesarlos a la justicia para sacarlos de sí mismo y repartirlos entre todos, y para poder volver a dormir. Quien ha matado puede ser destruido por sus muertos si no arregla las cuentas con ellos.

Estas pinturas nos devuelven a los muertos tirados en el piso, en medio de charcos de sangre, como preguntas sin respuesta. Casi todos murieron rodeados de colinas y bosques, junto al río, a la puerta de sus casas y frente a sus hijos, o amarrados a un árbol, sin comprender la razón de su agonía. Sus casas eran simples, campesinas, hechas con sus manos y con la ayuda de sus vecinos. Sus familias fueron arrancadas de sus tierras productivas y sumidas en la trampa de la indigencia en las ciudades; vivían antes entre montañas verdes de la región andina, en Antioquia o Cauca; o habitaban en la llanura del Caribe, en Córdoba, Magdalena o Cesar, o en los territorios colectivos de las comunidades negras del Chocó; o habían colonizado un pedacito de tierra en la Serranía de San Lucas o el Catatumbo, junto a Venezuela; o vivían en el Valle del Guamuez, en San Miguel o Puerto Asís, o salieron huyendo de las selvas del Guaviare o del Caquetá.

El estilo de estos cuadros se acerca más al de las obras de los pintores primitivistas o a los dibujos infantiles. La inocencia de la naturaleza ordenada por la mano campesina contrasta con la llegada de ejércitos de ocupación irregulares o regulares, que rompen un orden ancestral. Se repiten los motivos simbólicos de las casas, que representan el calor y protección de las madres, y de los árboles, que con su fuerza representan al padre, casi siempre disminuido o ausente. Quienes abandonaron sus hogares disueltos o huyeron del padre violento y arbitrario encontraron refugio en el grupo armado, y reemplazaron al padre por el comandante que castiga o premia según su propia ley.

Sanar las heridas de la guerra civil es un proceso largo y difícil. Muchas vidas truncadas quedan tendidas en los caminos, y los sobrevivientes se esfuerzan por recuperar sus condiciones y posibilidades de existencia. Para lograrlo exigen, ante todo, que se sepa la verdad, que se haga justicia y que se reparen los daños causados. En los últimos años se ha avanzado mucho en estos propósitos; pero el factor decisivo es impedir que los hechos del pasado transporten hacia el futuro su carga de consecuencias letales, tanto en las personas directamente responsables como en el conjunto social.

Como enseñó Hannah Arendt, el perdón, el gran aporte político del cristianismo, es el único acto capaz de impedir que los crímenes del pasado arrastren sus cadenas de venganza hacia el futuro, y la promesa es el único acto capaz de asegurar en el presente el cambio de la conducta del futuro. Los cuadros recogidos en esta muestra contienen los dos elementos transformadores del alma individual y colectiva, porque claman por el perdón, al confesar lo ocurrido, y porque ofrecen no repetir lo sucedido. Victimarios y víctimas, unidos por los mismos hechos, requieren transitar los caminos del perdón por el pasado y confiar en la promesa del futuro distinto. Ese camino comienza con la verdad recreada por la memoria colectiva, a la que contribuyen los cuadros reunidos en esta colección.