ESPAÑOL

LA GUERRA Y LA MIRADA
Gonzalo Sánchez G.

Éste es un texto gráfico sobre la guerra y sobre la mirada. Desde donde quiera que se lo analice es una invitación a explorar la guerra por dentro, desde la perspectiva del antes combatiente raso, hoy reinsertado. Cabe destacarlo, porque pese a su protagonismo de facto en la guerra, éste es un actor y un punto de vista subestimado o poco reconocido en el país. Se trata por ello de LA GUERRA QUE NO HEMOS VISTO. La cruda narrativa visual de la guerra que se materializa en esta exposición puede causar recelo o incomodidad en algunos, pero es un termómetro de las atrocidades del enfrentamiento bélico, de las prácticas que lo organizan y de las víctimas que produce.

Los relatos de la guerra construidos en la era reciente, a partir de las declaraciones calculadas de los comandantes y cabecillas, tienen contrapeso aquí, en la crónica espontánea de soldados rasos. Frente a un ejercicio tan cuestionado como el de las versiones libres, erigido frecuentemente en plataforma de exaltación heroica de los jefes, estos jóvenes nos muestran los horrores de la guerra por ellos vista y también ejecutada. Y si en las versiones libres hay renuencia a contar, o actitud deliberada de ocultar, aquí se advierte necesidad de visibilizar. Es cierto que a través de los pinceles de los excombatientes rasos seguramente no se logra recomponer el mapa general de la guerra, pero sí se reconstruyen muchos de los escenarios concretos y cotidianos de ésta.

Las pinturas que conforman esta colección son entonces cuadros o escenas de las memorias y representaciones de la violencia, construidas desde adentro y desde abajo de las formaciones contendientes, por paramilitares y guerrilleros y, ocasionalmente, por soldados del Ejército Nacional. En esas imágenes se cristalizan las motivaciones, los remordimientos, los impactos y, en general, la mirada escueta de los combatientes de esta interminable guerra.

En estas narrativas pictóricas la guerra es representada, pero también sus autores se autorrepresentan en ella. Podría decirse que el taller que dio origen a este impactante ejercicio tiene una doble connotación: por un lado, la de mirarse a sí mismos, lo que vivieron y lo que hicieron, y por otro lado, la de ensanchar sus miradas sobre los otros, sus adversarios, y sobre la sociedad rural como entorno dominante de sus experiencias bélicas.

Estas pinturas son parte de un proceso y de una invención cotidiana, sin mayor preparación ni orientación artística. La guerra es la materia prima para pintar y la experiencia fundadora de la búsqueda del lenguaje artístico para transmitir lo vivido. En las pinturas se cuentan historias de la guerra. A menudo se pintan a las víctimas de los contendores, pero muy escasamente se narran las penalidades de sus víctimas y los niveles de responsabilidad propia en esos sufrimientos individuales y colectivos. Es una muestra de registros personales, que no necesariamente hay que ver como confesiones pero sí como relatos.

Coexistencia de paisaje y guerra

El paisaje natural tiene una presencia dominante en estas pinturas sobre la guerra. Este sello distintivo evoca por supuesto en buena medida la ruralidad en la que se desarrolla y de la que se alimenta el conflicto armado colombiano. No es entonces por azar que los combatientes que recrean sus vivencias del conflicto en esta exposición sean en su gran mayoría jóvenes campesinos con baja escolaridad, lo que pone de bulto no sólo los orígenes sociales y económicos de los actores armados, sino también los perfiles de las víctimas de la guerra. De igual modo, en los paisajes y geografías que sirven de referentes a estas pinturas se reconoce la diversidad y multiplicidad de los territorios afectados por la guerra. Pero no obstante la heterogeneidad de ámbitos geográficos rastreables, éstos tienden a configurar en cierta manera un solo paisaje de la guerra. Trátese del guerrillero, del paramilitar o del soldado, las imágenes a través de las que cuentan la guerra tienen un común denominador: son un registro del horror.

Con todo, el paisaje no es solamente contexto. Hay muchas miradas sobre el lugar de la naturaleza en la guerra. Continuidad y ruptura entre el paisaje y la guerra son rasgos dominantes en este trabajo pictórico. En repetidos casos, el paisaje mismo es representado como invadido y agredido por la guerra. Por ello, la guerra contra la naturaleza podría verse como una prolongación de la guerra contra los humanos, que se plasma en los bosques talados, en las fumigaciones, en los ríos rojos cargados de cadáveres. Pero en otros casos, la guerra no es vista como agresora del mundo natural sino como parte de éste. Escenas diminutas del hecho violento, enmarcadas por paisajes abiertos, podrían ser interpretadas como mecanismos de invisibilización o formas de naturalización de la violencia. Esto, desde luego, puede suscitar indignación o sospecha; pero, en todo caso, debe plantearle también interrogantes serios al observador de estos cuadros sobre la actitud elusiva de la sociedad colombiana frente a las dinámicas de nuestra guerra.

Los temas de la guerra

Estamos frente a una narrativa visual construida por excombatientes, que en sí misma configura un documento de la guerra. En esa narrativa se superponen múltiples relatos: sobre la variedad de los actores armados, sobre la variedad de los blancos de sus acciones y sobre la variedad de modalidades del acto violento. Allí se rastrea la violencia contra los adversarios, contra los desertores, contra los miembros de la propia organización y contra las comunidades campesinas inermes.

Cada uno habla de su lugar en la guerra, de sus razones, de sus muertos, de sus enemigos. Pero en el conjunto de estas múltiples y opuestas voces se constatan lógicas comunes del conflicto armado: las retaliaciones, la circularidad de la guerra y la movilidad de las adscripciones.

De otro lado, en LA GUERRA QUE NO HEMOS VISTO se exhibe un amplio repertorio de las prácticas de violencia en la cotidianidad de nuestra guerra: ejecuciones, masacres, combates, emboscadas, tomas de poblaciones, torturas, violaciones, minas, descuartizamientos, secuestros, reclutamiento forzoso… La tendencia de todos los excombatientes es la de narrar y dar a conocer las atrocidades del conflicto armado. Ahora bien, los sentidos de contar difieren: algunas veces son interpelación al adversario; otras son una justificación de sí mismos; otras, enjuiciamiento a sus organizaciones… Como tales, estos relatos pictóricos son elementos de memoria y de verdad sobre el conflicto en Colombia.

En una mirada panorámica de la exposición todas las crónicas visuales se asemejan; siguen una misma estructura en la que se diferencian víctimas, victimarios, prácticas y entornos. Son escenas de rutinas de la guerra. Sin embargo, en cada pintura se hace alusión a una experiencia concreta de violencia que tiene una significación personal para el excombatiente, generalmente asociada a la rabia, a la pérdida o al desencanto. Las pinturas entonces no hablan por sí solas, puesto que cada cuadro de violencia narrado no se agota en la configuración o en la secuencia visual.

El algún momento –cuando se rompan los silencios y la inhibiciones de esta guerra– deberá ser posible que el observador se salga de los bordes de los lienzos y se encuentre con la palabra y la intencionalidad del autor para comprender cabalmente las historias de muerte descritas, ya que cada uno de los trazos que conforman esta exposición parece aludir a lugares específicos, a momentos particulares del conflicto, a episodios y tramas que algún día podrán ser nombrados. El ejercicio de la mirada planteado por esta exposición deja en suspenso el encuentro de la mirada y la palabra.

El horror pintado por los excombatientes, un horror concreto, tiene como correlato el dolor de unas víctimas reales. La iconografía de la guerra aquí presente ofrece al observador indicios ciertos, construidos desde abajo y desde adentro de los actores armados, sobre la magnitud, la degradación y los impactos psicosociales de la violencia del conflicto armado interno colombiano. Aquí no se habla por delegación. Y a su vez, los públicos que habrán de recorrer la exposición construirán su propia narrativa.

Los excombatientes reconocen y dan a conocer, y, ante esto, la sociedad colombiana no puede cerrar los ojos: tiene la responsabilidad de ver. La mirada de los actores armados convertida en exposición debe transformarse también en mirada de la sociedad sobre la guerra. Lo que estas pinturas narran debería ser materia prima para el asombro y para la indignación, pero también debe convertirse en materia prima para la reflexión sobre lo que hizo posible que estos hechos tuvieran lugar, que estos jóvenes hubieran seguido o elegido la trayectoria de las armas.

La tarea de juzgar es difícil pero insoslayable. Con todo, este escrutinio de la guerra nos pone también frente a la necesidad de reconocer y afrontar. Los promotores de este encuentro lo tienen claro. ¿Está el país en disposición de hacer algo? Esta exposición es, en últimas, una invitación a la sociedad a pensarse críticamente, a actuar y a desplegar sus recursos para frenar la tragedia cotidiana y poner las bases para un largamente esperado ¡Nunca Más!