ESPAÑOL

HISTORIAS CONTADAS A MUCHAS MANOS
Darío Villamizar H.

Durante los últimos veinte años he trabajado con excombatientes, y no me quejo. He conocido a desmovilizados de distintos grupos, de muy diversas partes del país, de variadas edades, por supuesto a hombres y a mujeres, muchos de ellos menores de edad, casi niños y niñas. Los he visto en medio de sus angustias y alegrías, muchas veces riendo a carcajadas y en ocasiones llorando sus penas y tristezas. He visitado sus casas y he abrazado a sus hijos, me he sentado a comer con ellos y en algunas oportunidades compartimos el mismo techo para pasar la noche. Confieso que no dejan de sorprenderme.

Por mi mente desfilan ahora nombres, rostros e historias: John Edison y su sueño de ser médico; Elber y su increíble capacidad para interpretar los ritmos vallenatos; Damaris y sus tres hijos nacidos en los “cambuches” guerrilleros; la pasión de Luis por la política; los ojos de María L.; las mentiras de Jorge… ¡Tantas cosas por contar!

Confieso también que muchas veces he tenido desconfianza en estos procesos de desarme, desmovilización y reintegración; que “no son todos los que están, ni están todos los que son”; que aún hay mucha tela que cortar cuando hablamos de convivencia, paz y reconciliación; que un mañana de posconflicto no está a la vuelta de la esquina. Algunas personas me han dicho que soy moderadamente pesimista con el tema. Puede ser; pero tengo mucha confianza en el ser humano, en su capacidad de reivindicarse, en su compromiso, si le damos una nueva oportunidad y le brindamos una mano.

Cómo no creer, si yo mismo hice parte de un movimiento político militar, el M-19, que se fundó en 1974 y que se desmovilizó y dejó las armas en 1990, hace casi veinte años. Muchos de mis amigos igualmente participaron, en menor o en mayor grado, en organizaciones guerrilleras que firmaron acuerdos de paz y dejaron las armas. A todos ellos los ha acompañado una voluntad sincera, y hoy están comprometidos en procesos de construcción de país, desde la academia, desde organizaciones no gubernamentales, desde la política, en fin. Claro que estamos hablando de otro momento de la historia, de otro contexto y de otro tipo de organizaciones, muy distintas, por mil razones, a los grupos paramilitares que se han desmovilizado en los últimos años, o a las “guerrillas históricas”, como las Farc y el Eln, de las cuales se han desprendido y desertado miles de combatientes también en los últimos años.

En todo caso, mi confianza en la decisión de muchos de estos desmovilizados de los últimos siete años de hacer un proceso de reintegración a la vida civil serio, me llevó a adelantar un experimento mientras dirigía el programa de desmovilizados de la Alcaldía de Bogotá, cuando Lucho Garzón estaba al frente de la administración distrital. A él debo agradecerle que me brindó esa oportunidad y, además, me otorgó la confianza para que pudiera hacer cosas, incluso las más insólitas. El experimento consistió en poner a trabajar juntos, bajo un mismo techo y unos mismos lineamientos de política pública, a excombatientes del M-19 y del Epl, desmovilizados en los años noventa, junto a ex paramilitares y a guerrilleros recientemente desmovilizados. Unos y otros, denominados “gestores de paz”, fueron los verdaderos artífices y constructores de un singular proceso de reintegración en Bogotá.

Durante cuatro años no exentos de errores, adelantamos la reintegración de los excombatientes partiendo de la realidad de encontrarnos frente a unos ciudadanos sujetos de derechos, que tenían también unos deberes hacia la ciudad y los demás ciudadanos, y frente a una ciudadanía que merecía que se respetaran los suyos y que la presencia de los desmovilizados no impactara negativamente en sus vidas. No es fácil hacer esto en medio de las circunstancias actuales, donde las víctimas se cuentan por miles y hay profundas secuelas del conflicto armado, y cuando aún no hay suficientes medidas ni garantías de no repetición.

A lo que siempre me negué fue a que cumplieran misiones de “orejas” y a que participaran en operativos militares contra sus antiguos compañeros de armas, mediara o no un beneficio económico por esa colaboración. Siempre he pensado que ése es un método que coloca en riesgo a los excombatientes, a sus familias y a las mismas comunidades donde adelantan su reintegración. Conocí varios casos de venganzas y retaliaciones; más de un dolor de cabeza y de una agria discusión me gané con algunos funcionarios por defender la tesis de propiciar un proceso de reintegración civilista y ciudadano, ajeno a cualquier situación que implicara el más mínimo retorno a las armas, como vigilantes privados, o en acciones de inteligencia. Y siempre he argumentado que utilizar a los desmovilizados como actores en actividades de inteligencia o militares es una forma de mantenerlos en el conflicto e impedirles que tengan un proceso de reintegración y retorno a la vida civil. Además, implica un desprestigio para todo el proceso frente a la sociedad. Más bien, permanentemente he creído en procesos que les permitan crecer como seres humanos, dignificarse, mostrar a otros ciudadanos que su reintegración a la vida civil es cierta. Estoy convencido de que hay que enseñarles un oficio, pero también que hay que propiciarles los espacios adecuados para que participen, para que se apropien de su derechos, para que se expresen, para que creen.

Desarrollamos entonces actividades artísticas con excombatientes y con integrantes de sus familias y en muchos casos con personas de las comunidades, con resultados alentadores: grupos musicales, actividades teatrales, sesiones de cine, talleres de fotografía y de video, pintura de murales, talleres de animación con niños y niñas. En todas estas actividades observamos siempre los procesos de transformación y la satisfacción de saber cuántas cosas son capaces de hacer, con sus manos y creatividad, al servicio de sus almas, y ya no de las armas.

Por eso un día, cuando me visitaron Juan Manuel Echavarría y María Errázuriz en nombre de su Fundación Puntos de Encuentro, y me propusieron que un grupo de excombatientes de los recientemente llegados a Bogotá participara en unos talleres de pintura, no dudé en apoyar ese objetivo. Me entusiasmé aún más cuando, entrando en detalles, me dijeron que se trataba de que ellos contaran, más bien pintaran, sus historias de vida: lo que vivieron, lo que hicieron. Creí desde el comienzo en este ejercicio de verdad y memoria, porque lo que en Colombia necesitamos, entre muchas otras cosas para reconstruirnos como nación y como seres humanos, es conocer lo que nos pasó y por qué nos pasó, para que no nos vuelva a pasar…

El ejercicio que proponían María y Juan Manuel era bastante sencillo: reunirlos y entregarles pinturas, tabletas de madera, papel y otros elementos básicos para que pintaran y pintaran; así de sencillo, sin mucha preparación, sin conducirlos y sin temas prefijados. Inicialmente seguí el proceso, pero no muy de cerca. Ocasionalmente visitaba el sitio donde se reunían, y podía constatar los avances. Al principio eran dibujos pequeños, tímidos, opacos; poco a poco fueron creciendo, y el color, especialmente el verde, se fue apoderando de ellos. Siempre me parecieron trabajos muy ingenuos, espontáneos, sencillos; no diría que inocentes, porque ante mí comenzó a desfilar el horror de la guerra.

He admirado mucho el testimonio gráfico, el retrato, la instantánea. La obra de Jesús Abad Colorado, mi amigo fotógrafo, me ha enseñado a ver la guerra en imágenes, en toda su crudeza, con todo su dolor. Su arte me impresiona y me conmueve. Ha recorrido la geografía nacional retratando el horror del conflicto, la tristeza en las cárceles, la angustia de las madres y de las comunidades luego del ataque artero de quien sea. Pero lo que ahora veía en las pinturas de los excombatientes me mostraba otra dimensión, me impactaba, y yo creía que ya lo había visto o escuchado todo. Son retratos de la realidad, expresiones de situaciones reales con tinte surrealista; allí no hay nada producto de la fantasía, todo es cierto, todo está contado al detalle…

Al finalizar 2007 pude conocerlos más. Para culminar una primera fase del proceso, los ahora artistas fueron invitados por la Fundación a un restaurante para despedir el año. Me invitaron también, y escuché de ellos sus impresiones sobre lo que habían hecho durante seis meses con el pincel y la pintura; vimos algunas de las obras, las explicaron, y narraron en sus propias palabras lo que ya habían dibujado. Encontré que el común denominador era de satisfacción por haber podido contar lo que habían sido sus pasajes en la guerra, muy duros todos ellos; pero sentí que lo que sacaron de adentro y colocaron sobre el cartón o la madera era la verdad, y, ya lo dije arriba, lo que esperamos es esa verdad.

El proceso continuó, y el propósito de la Fundación Puntos de Encuentro para el año 2008 fue hacer lo mismo con soldados lisiados que se encontraban en el Batallón de Sanidad. Otra cara de la misma moneda. Tengo la impresión de que ése pudo haber sido un proceso menos libre; en todo caso, los soldados están aún bajo la autoridad de la Institución. Sin embargo, en sus obras cuentan también su verdad, que puede ser contrastada con la que cuentan los desmovilizados. Basta con mirar las dos pinturas sobre la masacre del Naya ocurrida entre diciembre de 2000 y abril de 2001, cuando el bloque Calima de los paramilitares asesinó a indígenas, a campesinos y a afrocolombianos en una región del suroccidente del país. El punto de vista es distinto, pero el horror es el mismo. Y las víctimas, como tantas y tantas veces en el país: hombres, mujeres y niños de nuestra tierra, en su mayoría afrocolombianos, indígenas, campesinos.

El tercer momento de este proceso se inició a mediados de 2008 cuando invitamos a un grupo de mujeres excombatientes para pintar, tal como ya se había hecho con los demás. Las normas eran las mismas: no había nada preconcebido. Los temas y las técnicas eran de libre elección. Repito que en medio del dolor salieron cosas muy hermosas; hay dolor y angustia por lo que se hizo, por el daño que se causó.

Dos meses más tarde tuve la oportunidad de mirar la obra ya en su total magnitud, completa, catalogada y colgada en paredes. El resultado es avasallador: más de 420 pinturas realizadas por más de 120 artistas, mujeres y hombres, que en otro momento de sus vidas participaron en el conflicto como integrantes de los grupos guerrilleros o paramilitares, o hicieron parte de las Fuerzas Armadas. Por lo que conozco, esto no se ha hecho en ninguna parte del mundo, en ningún otro conflicto, como parte de los procesos de memoria histórica. En el conjunto expuesto encontramos el horror de lo vivido: sangre; cabezas y miembros mutilados; niñas y mujeres violentadas; paredes pintadas por los actores armados con la sangre de las víctimas; bellos ríos que arrastran con los cuerpos de hombres, mujeres y niños; hermosísimos paisajes verdes, muchas veces con más verdes sembrados de coca; en fin, toda la degradación de un conflicto armado que ha roto todos los límites de lo humanitario. Pero también vimos, en muchos casos, la historia personal del actor armado antes de armarse. No nos sorprendamos: varios de ellos también fueron víctimas del horror de otros actores armados –o de los mismos– que a punta de mochar cabezas acabaron con sus sueños de infancia.

En los meses anteriores a la exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá organizamos visitas con grupos focales a una pequeña muestra de las obras: expertos en temas del conflicto y de la justicia transicional, funcionarios gubernamentales; académicos, artistas, miembros de organismos de la comunidad internacional, estudiantes, excombatientes y algunos representantes de víctimas. A todos ellos pudimos hablarles de este proceso, y de ellos recibimos valiosos y muy respetuosos aportes. Ninguno de ellos duda de la importancia del trabajo y de lo que significa para los procesos de verdad y de memoria histórica en Colombia.

Así, escuchando otras voces, fuimos descubriendo nuevas facetas: que la pintura sanaba lo que atormentaba al espíritu, nos dijeron algunos expertos; encontramos que los cuadros reflejaban la vida en el campamento, las cotidianidades de la guerra y, entre ellas, los castigos, las ejecuciones, la muerte; notamos también que ellos, los excombatientes, no son los protagonistas en sus cuadros pese a que se dibujan allí; que no se aprecian como héroes o “rambos” sino que son uno más. Llama la atención la representación de los pueblos, abandonados, solos; sus habitantes se han desplazado. Todos los que previamente vieron este trabajo coinciden en que en el centro están las víctimas.

Para ellas, para las víctimas del conflicto en Colombia, es este homenaje; una pequeña muestra que ojalá ayude a detener los ciclos de violencia y venganza que ha vivido el país durante tantas décadas. Un ¡NO MÁS! colectivo que incluye a quienes cumplieron muchas veces el rol de victimarios. Un llamado de alerta, al país entero, para que comprendamos que nuestros jóvenes deben estar destinados a pintar sus sueños y no sus pesadillas.